El negocio del duopolio

Hubo un tiempo en el que, dentro de una ligera (y hasta cierto punto comprensible) predominancia del fútbol en la información deportiva, el fútbol era tratado como un deporte y la prensa deportiva practicaba el periodismo. Es decir, daba las noticias más relevantes que hubieran acaecido; y si estas noticias eran sobre baloncesto, tenis, balonmano, o hockey sobre patines, pues con éstos deportes abrían las noticias de deporte de los telediarios y las portadas de los periódicos deportivos. Si el Español se jugaba esa noche el pase a la final de la copa de la UEFA, la portada era para el Español y no para Martín Vázquez, que se había dejado bigote. Es obvio que los tiempos han cambiado. El fútbol ya no es tratado como un deporte, sino como un espectáculo. Quizás esto sea inevitable, dentro de una deriva que ha tomado la sociedad en su conjunto y es un tema muy complejo para discutirlo en estas pocas líneas. Pero al menos, en otros países como Inglaterra o Alemania, es aún un gran espectáculo, y un espectáculo deportivo. La liga inglesa, por ejemplo, opera dentro de la lógica del deporte, esa que dice que los equipos más ricos tienen todas las papeletas para ganar la competición pero, sin embargo, salen a disputar cada partido sabiendo que lo pueden perder. Este último supuesto, el de lo incierto del resultado final y la competencia, es fundamental y sin él parece obvio que cualquier espectáculo deportivo pierde su razón de ser, y creo yo que todo su interés.

Para garantizar el interés de la competición, la  English Premier League vende sus derechos televisivos y los reparte de manera justa y más o menos equitativa entre todos los equipos. Algo parecido se hace en Alemania. Esto garantiza que, aunque siempre habrá equipos grandes y equipos menos grandes, más ricos y menos ricos, el Chelsea o el Manchester City salten al campo cada domingo sabiendo que el Everton, el Newcastle o el Sunderland les pueden ganar ese día. Los espectadores lo saben también. Esto hace que cada jornada, pueda haber un vuelco en la clasificación, y hace el interés por la EPL sea enorme incluso más allá de las islas británicas. A ello contribuye bastante la animación y el bullicio en las gradas, generados por unos aficionados que lo son, única y exclusivamente, de su equipo, siendo bastante raro (y hasta insultante) que un fan del Aston Villa lo sea también del Manchester United o el Chelsea. Por contra, en España uno se sienta a ver cuántos goles le va a meter el Madrid ése día al sparring de turno. Las posibilidades del rival son prácticamente nulas; antes de empezar la competición ya se sabe que, como mucho, el Madrid y el Barcelona perderán quince o dieciséis puntos en toda la liga (la mayoría de los cuales los pierden en las últimas jornadas cuando la liga está ya resuelta).

¿Por qué son las cosas tan distintas en España? Creo que todo se debe al modelo de negocio, que es diametralmente opuesto, y va bastante acorde con la diferente mentalidad de españoles y británicos en general. En ése espectáculo que es el fútbol español, como si de una película se tratase, hay un bueno y un malo. Dependiendo del lado de la trinchera en el que estés, el uno y el otro, o el otro y el uno, son el Real Madrid y el FC Barcelona. Al contrario de lo que pasa en el deporte, uno no va a ver una película pensando que el héroe se puede ir para el otro barrio a las primeras de cambio. Cuando uno se sienta en la sala, o se pone un DVD, lo hace sabiendo que el bueno vapuleará con facilidad a todos los malos de chichinabo que se encuentre por el camino hasta encontrarse con su némesis en el combate definitivo (y el único que puede tener algo de emoción).

Ése es el producto y dentro de esa lógica, a nadie le interesa que haya otros dos o tres equipos que puedan competir seriamente con el Madrid y el Barcelona por la liga, hasta el punto que estos últimos sean, simplemente, dos equipos más. ¿Qué clase de película es esa? Como mucho, se permitirá que algún equipo haga una primera vuelta razonable, para ir cayendo poco a poco y llegar con la menor diferencia de puntos al combate final entre los dos colosos. Si éste orden de cosas cambiase, mucha gente perdería mucho dinero; es bien conocido que las ventas de As y Marca caen muchísimo el día después de una derrota de su equipo, el Real Madrid. Algo parecido, supongo, pasará con el Sport y El Mundo deportivo. Y dado que Real Madrid y Barcelona suman entre los dos a más del 70% de los aficionados (y una gran parte de los restantes tienen a uno u a otro como su “segundo equipo”), una mala temporada de uno de los dos equipos en estos momentos ocasionaría unas pérdidas económicas que no podrán ser compensadas con un mayor interés de la afición de, pongamos, el Valencia, el Málaga o el Atlético de Madrid por la competición. Imaginemos, en estos momentos, una liga como la de aquella mítica temporada 95-96, en la que el título se lo disputaron hasta el final el Valencia y el Atlético. La pérdida en ventas de periódicos, visitas a las web, espectadores de los programas de TV y oyentes de los programas nocturnos de la radio ocasionaría un problema económico inaceptable para los grandes grupos de comunicación que explotan, en su totalidad, el negocio futbolístico. Recordemos que algunos de estos grupos controlan, simultáneamente, prensa deportiva de papel y digital, prensa generalista, radios cuyos programas estrellas son los deportivos de medianoche, y lo más importante, los derechos televisivos de la Liga Española.

Para mantener este modelo de negocio, hace falta por tanto que no haya la más mínima posibilidad de que un tercer equipo haga sombra al duopolio. Para esto, se les da al duopolio alrededor de 150 millones de euros al año por cabeza en concepto de derechos de TV. Con este dinero, Madrid y Barcelona se pueden construir equipos del pc-futbol, dándose caprichos versallescos como fichar a un lateral izquierdo suplente por 30 millones de euros, o tener a uno o dos balones de oro chupando banquillo. Mientras tanto, sus rivales (la mayoría de los cuales recauda por estos conceptos dos o tres veces menos que el último clasificado de la English Premier League) malviven entre leyes concursales y directivos sinvergüenzas, y sólo consiguen mantener el tipo gracias a que el fútbol español cuenta con una de las mejores canteras del mundo.

Para mantener este modelo de negocio, es preciso que los árbitros salten al campo acojonados cuando pitan al Real Madrid y al Barcelona, sabiendo que cualquier error en su contra, por nimio que sea, hará que sean demonizados durante días por tierra (prensa), mar (TV) y aire (radio); El Marca y el As les dedicarán varias portadas, y serán puestos en la picota y humillados de todas las maneras posibles, incluyendo conspiranoias con la UNICEF de por medio.

Para mantener este modelo de negocio, hace falta que ningún otro equipo (que decir de ningún otro deporte) tenga apenas minutos en ningún medio, ni sea representado positivamente, no vaya a ser que algún incauto se haga aficionado de esos equipos. Y para mantener este modelo de negocio, hace falta que todas, todas, todas las portadas y noticias de apertura de los telediarios sean dedicadas al duopolio, incluyendo utilleros, esparadrapos, cortes de pelo, y devaneos amorosos de sus figuras. Si un futbolista de otro equipo destaca, se convierte en noticia no por su  buen hacer sobre el campo, sino porque ha desatado del interés del duopolio. Desde ése momento, toda entrevista, toda mención al jugador, incluyendo las tonterías que puedan decir de él sus familiares o vecinos, irán destinados a remarcar su conexión con el Real Madrid o el Barcelona. Poco importa lo que hagan con él una vez lo fichen. Será probablemente carne de banquillo, o cedido en cuanto se pase de moda. Ahí tienen a Canales. Ahí está Pedro León. Ni siquiera auténticos cracks mundiales como Ibrahimovic o Kaká se libran. Aquí ocupan un lugar especial los futbolistas que osan destacar en algún otro equipo español. En ese caso los medios decretarán que el futbolista tiene que salir de ese equipo, sea cual sea, lo antes posible e irse a un “grande”. Poco importa que no haya grandes en el mundo suficientes para fichar tanto jugador. Lo importante es que se vaya, si no al Madrid o al Barcelona, lo más lejos posible, no vaya a ser que en torno a ése futbolista se forme un equipo que pueda amenazar al duopolio, o ni tan siquiera ganarles un partido (que luego el lunes, ya se sabe, las ventas caen). Ahí tienen al Kun Agüero, que cuando jugaba en el Atlético parecía la obsesión húmeda de la prensa madridista, y en cuanto que se fue a Manchester, el Marca y el As, las radios y las teles, se han olvidado de él. Ahora es Falcao el que tiene que ir al Madrid, sí o sí. Por narices.

En éste modelo de negocio, el Atlético simplemente estorba. Durante muchos años, y con la inestimable colaboración del dúo prescrito, ha representado el papel del bufón o payaso de la liga. Un estrión al que le pasan todas las desgracias, y cuya única misión es hacer reír a la gente. El típico perdedor de las películas, que un día fue un boxeador exitoso, o un hombre próspero, pero que se arruinó, o se dio a la bebida, y hoy por hoy va por la calle dando tumbos, todo sucio y oliendo a whisky barato, mientras todo el pueblo se aprovecha de él. Un tonto simpático, un tanto chabacano. El equipo de Torrente, de Manolete, y del que dicen ser aficionados (para hacerse los graciosos y aparentar imparcialidad) los presentadores madridistas o culés de los programas de radiofónicos de la medianoche. Esa es la visión del Atlético que va acorde con el modelo de negocio del fútbol español, y ésa es la que se vende en los medios del duopolio para consumo externo. Para consumo interno, es decir, para que los Atléticos no se rebelen y pongan a los Gil de patitas en la trena, al aficionado colchonero se le vende una historia alternativa según la cual el Atlético de Madrid es un equipo sufridor, cuyos verdaderos aficionados aguantan carros y carretas porque ellos son especiales y, en el fondo, eso de perder les gusta. El problema no es que esto lo digan en el As. O en el Marca. O en la SER, o en la COPE, o en el punto pelota ése, o como se llame ahora. El problema es que ese mensaje lo dan, simultánea y coordinadamente en todos esos medios, controlados por uno o dos grandes grupos de comunicación que a su vez controlan los derechos de la liga. Como quiera que a los Giles y Cerezos éste mensaje les viene de perlas, porque les sirve de coartada para sus desmanes, el mensaje se amplifica desde el club.

Y el mensaje cala, y seguirá así hasta que reviente la burbuja del fútbol, que para bien o para mal está a punto de caramelo. Mientras tanto, preparémonos para unos arbitrajes infames, unos intentos de desestabilización continuos, y la venta de Falcao, Arda Turan, y Godín a un equipo distinto cada semana. Así hasta que el Madrid nos saque doce puntos, por lo menos, y el Barcelona veinte. Después, con un poco de suerte, se olvidarán de nosotros, como lo harán de Falcao cuando se vaya al Chelsea. Al tiempo.

 

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